Tus ojos, mis manos, y otros desiertos.

—«Hace más de trescientos poemas que no escribo la palabra horizonte. Por algo serás». 'Será', en "Pintura roja y papel de fumar".

¡Maslow, cabrón!

Subimos esa pirámide de la mano,

sin oxígeno. O del brazo:

-¿Te gusta que te coja así?- repetía ella entre risas.

En la cima el aire era fresco.

Aún las aristas

parecían confortables.

 

Pero yo había saltado algún escalón,

cobarde de grietas, de vértigo cobarde.

Y eso bastó para que la resbaladiza pendiente

nos expulsara de la cumbre.

Y caímos.

Caímos como quien de eterno caer padece,

cada uno por una ladera

de esa pirámide de metacrilato

translúcido,

empañado,

desordenado.

 

En su caer, la luz, de tan brillante, cegadora,

descandilaba los contornos del camino del sur.

En mi caer, la sombra, tan profunda,

tornaba en luminaria cualquier esperanza.

Conocí a Maslow el mismo día que a ella… pirámides agudas como alfileres.

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Esta entrada fue publicada el marzo 4, 2011 por en La maniobra de Heimlich (poesía).
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