Tus ojos, mis manos, y otros desiertos.

—«Hace más de trescientos poemas que no escribo la palabra horizonte. Por algo serás». 'Será', en "Pintura roja y papel de fumar".

En la hoja del «debe»

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Un amigo me cuenta que hoy, y a la edad de 91 años, ha muerto Hiroo Onoda, un soldado del ejército japonés que luchó en la segunda guerra mundial. Hasta ahi nada anormal: un excombatiente nonagenario —a pesar de la longevidad de los nipones— acaba sus días. Sin embargo, el caso del bueno de Hiroo tiene algo de excepcional.

Imagínate que eres uno de esos bravos soldados japoneses, el teniente Hiroo, por ejemplo, quien, al servicio del Emperador, jura —como hacen todos los soldados, pero parece que estos lo toman en serio— defender con su vida al imperio del sol naciente. Imagina que, por esos azares de la vida y la guerra, te destinan a una isla cualquiera del pacífico, llena de una impenetrable selva, en lo que ahora son las Filipinas. Lubang, por ejemplo. Imagina que toda tu compañía, o lo que quiera se sea en el ejército nipón, es barrida, primero, por la aviación yanqui y apresados después, los supervivientes, por los paracaidistas del paquete de Lucky en la cinta del casco. Pero, de nuevo por los avatares del destino, imagina que tú escapas de ese cerco, adentrándote en la selva con un puñado de compañeros y, a modo de Rambos primitivos, conseguís sobrevivir evitando registros, y bombardeos. Corre 1944. Ahora, imagina que tu lealtad hacia tu emperador te hace fortificarte, prepararte y planear asaltos y contraataques, mientras tus compañeros van muriendo y los que sobrevivís lo hacéis de lo que la selva os da, o de pequeños pillajes a los campesinos locales. Hasta que quedas tu solo. Y entondes decides ceñirte tu katana a ese cinturón cada vez más ajustado, aprietas los dientes y sigues haciendo tu segunda guerra mundial. Durante 29 años.

Veintinueve. Hasta que a alguien, en 1974, se le ocurre buscar a quien fuera tu comandante —vivo también por los pelos— hiroopara traerlo a tu selva y convencerte de que la guerra, tu guerra, se acabó hace treinta años. Imagínate ese momento. Ahí llega tu jefe y te dice algo así como que venga chaval, que tus últimos 29 años han sido un error de apreciación, un pequeño olvido. Y tú, con tu mismo uniforme en tres décadas, en vez de desenvainar tu acero y partirlo por la mitad, le dices que cumplías las órdenes de no rendirte y seguir combatiendo con honor. Y entonces sigues sus nuevas órdenes y te rindes, saludando marcial con gesto adusto, mientras entregas tu espada entre el pitorreo y las chanzas de los soldados filipinos, incluso las de tu comandante, con su ridículo gorrito de turista.

Puede pasar, no estoy seguro, que no sea necesario imaginar nada de eso. No será tan extremo, pero a todos se nos ha sorprendido librando batallas de guerras que ya expiraron hace tiempo. Cualquiera de nosotros ha librado escaramuzas en selvas en conflictos bélicos que ya habían cadudado. O cavando trincheras en tierras que ya no existen, en pieles que ya se marcharon. O rindiendo pleitesía y honores a Emperadores que ya ni existen, ni imperan. Incluso abrazando sombras que ya no se proyectan si no es en otras luces.

Hiroo Onoda se ha ido hoy, con 29 años apuntados en la hoja del «debe». Brindo por esas horas y esos días, que todos tenemos en esa misma hoja. Afilada, como el filo de Hiroo.

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Esta entrada fue publicada el enero 18, 2014 por en vivir de un cuento (relato).
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