Siempre fui promíscuo
en el recuerdo.
Mis manos doctas en el registro
de la caricia.
Y mis ojos renuentes
al olvido.
Por eso paso el mono
echándote de menos,
o golpeándome contra las paredes,
intentando evitarlo.
Ofreciendo mi zurda
por medio gramo
de esa locura tuya.