Tus ojos, mis manos, y otros desiertos.

—«Hace más de trescientos poemas que no escribo la palabra horizonte. Por algo serás». 'Será', en "Pintura roja y papel de fumar".

Zweig en una Harley

 

Conozco a Elías desde 2013, creo. Ambos coincidimos en un taller literario, junto con más gente que quiero. Lo primero que le dije fue que, o bien compartiríamos para siempre cervezas y risas cada vez que nos viéramos, o bien acabaríamos a hostias en el callejón detrás del bar. Afortunadamente pasó lo primero y , aunque no lo veo tanto como quisiera, nos seguimos los pasos y las letras. Digo esto para que no penséis que esto es una crítica literaria, o una reseña —yo no sé hacer esas cosas—, sino simplemente para explicaros que mi amigo ha escrito un librazo.

El caso es que Elías Gorostiaga ha ganado, con su poemario “Cuerdas de plata” el II Premio Internacional “Diario JAÉN” de Poesía. Toma el título prestado de la primera obra de  Stefan Zweig, Silberne Saiten, al que acude con referencias, más o menos veladas al mismo.

Pero lo primero que me llega es que es un libro escrito “de memoria”. De esa memoria que reivindicaba el austríaco están hechos los hilos con los que se trenzan esas cuerdas de plata. León alrededor de una hoguera quemando los recuerdos y ejerciendo el intento de reconstruir un mundo con las cenizas. El padre que se muere, el hombre que anda, los hijos que le siguen, entendiendo poco y preguntando menos, todos en una tierra de vírgenes que paren las cosas que se comen y que se beben y que se matan para comer y beber. En esa tierra de la que uno se va y vuelve de vacaciones, y en la que, con cada ida y venida, se difumina la memoria , encuentro la tierra de invierno de Elías: completamente diferente a mi tierra del sur, tan parecidas y tan llenas de polvo en la frontera, sin embargo.

El campo y la sangre, coño. Y el barro que forman cuando se mezclan y se nos pega a la suela de las botas y que ya nunca se desprende. Y las cosas que hay que matar para que vivan. Y la muerte que ocultamos a nuestros hijos con la falsa esperanza de que la tengan menos presente que los perros de nuestra generación: esos que han pasado de aullarle a la luna, a la botella o a las muchachas, a escribirlo todo deprisa en un cuaderno. Aunque sea mentira. El campo y la sangre que huelen a Zweig, a Gamoneda, a Llamazares o a Llamas, porque queman los recuerdos que les quedan cerca. Pero esa combustión, en la mano de Elías, produce un humo que nos tizna los ojos a todos por igual.

Buscad la web del “Diario de Jaén” y pedidles el libro, subíos la solapa del abrigo y permaneced atentos por si escucháis el petardeo de un Harley calle abajo.

Tengo ganas de verte, Elías. Enhorabuena.

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Esta entrada fue publicada el septiembre 25, 2020 por en libros.
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