—«Hace más de trescientos poemas que no escribo la palabra horizonte. Por algo serás». 'Será', en "Pintura roja y papel de fumar".
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A veces lucía una cadena fina,
casi un hilo dorado,
con la silueta de una isla
a modo de medalla.
Otras, un dios crucificado
se empeñaba en unir
los dos extremos.
Nunca creí en él. En ella sí.
No era extraño que algún eslabón
se enredara en su pelo,
o que el colgante tuviera
la testaruda vocación
de alojarse, tras su cuello,
en el surco que divide
su espalda en dos constelaciones.
De la luz dependía
que emitiera algún destello accidental,
o todo quedara en tintineo
a ritmo del contratiempo de sus caderas
—acaso un metrónomo irregular,
vacilando, acelerándose—
mientras nos teníamos, nos vaciábamos,
moríamos y resucitábamos,
para volver a asesinarnos.
Luego ella jugaba
con la cadena
entre sus dedos.
Yo hacía lo mismo
con su pelo entre los míos.
O con mis vértebras,
como eslabones,
en el filo de la mañana.
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