—«Hace más de trescientos poemas que no escribo la palabra horizonte. Por algo serás». 'Será', en "Pintura roja y papel de fumar".
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Sigo las estelas de la prisa,
el desenfoque gausiano de los pasos
que me preceden en el descenso.
Acompaño el rastro sonoro y molesto
del grillo electrónico que avisa
de la inminente entrada —y salida—
del monstruo de Brueghel,
metálico, gris y fulgurante.
Me arrulla la poética concéntrica
de la circunvalación, el dantesco
purgatorio de la expiación por el tránsito.
El efecto doppler que se instala
en los corazones y en los huesos
desequilibra más que frenazos y tirones.
Los roces accidentales son los únicos permitidos
en la oscura velocidad del túnel,
en los poros de la esponja.
Así, mis congéneres, y yo mismo,
volvemos los ojos al negro interior
de nuestro propio cráneo,
y aprendemos el subterráneo arte
de leer los nodos, las ondas, los artilugios,
mientras olvidamos descifrar las caras,
las pieles, la mímica de la superficie.
Cuando acabe este naufragio premeditado,
este ensayo general del suicida en serie,
renovaremos el aire del fuelle
del acordeón de nuestros pulmones,
y miraremos al sol con los ojos entornados.
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