—«Hace más de trescientos poemas que no escribo la palabra horizonte. Por algo serás». 'Será', en "Pintura roja y papel de fumar".
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Por un instante el tiempo se detiene,
suspendido en forma de astilla de la memoria,
de añico, de esquirla afilada de recuerdo
que se clava en la carne casi sin querer.
Atraviesa, indolente, tejidos y capas
buscando su plácido acomodo.
La piel, en su infinita mitosis,
en su sabio y sosegado recomponerse,
recubre esa herida empujando el cimiento
de una cicatriz probable y venidera.
O tal vez no sea un fragmento de tiempo,
sino un cristal de la escarcha del sudor,
del hielo matutino de la saliva olvidada,
cortando los labios, hiriendo la garganta.
Hay que ser muy valiente
para seguir acariciando esas heridas:
los cristales se hunden y se enquistan.
Hace falta estar muy loco
para ejercer de funambulista
en las agudas aristas
de las mañanas de febrero.