—«Hace más de trescientos poemas que no escribo la palabra horizonte. Por algo serás». 'Será', en "Pintura roja y papel de fumar".
Llueve. Podría aludir al poeta y decir algo así como que “… una ténue y leve lluvia ha comenzado a caer: tan ténue y leve como el agudo dolor de tu indiferencia […]”. Pero no. Esta lluvia que llueve -más allá de la impersonalidad del verbo-, no tiene nada de ténue, ni de leve. Es recia y tupida, pesada y contundente, casi cómo si no hubiese llovido nunca.Y no ha comenzado a caer. Esa lluvia llueve desde hace ya…
Llueve, y me gustaría poder decir que, al asomarme por la ventana -tras el vidrio mojado, que diría Urquijo- viese mi calle como una arteria, y los paraguas vistos desde arriba, movíendose a modo de glóbulos blancos y rojos y negros, por un torrente sanguíneo cualquiera. Algunos girarían sobre sí mismos, otros chocarían contra algún hermano. Todos seguirían su camino errante, su deambular salpicado. Pero dando mi ventana como da, a una ancha avenida, es sólo el tráfico el que acuchilla la cortina de lluvia con un zarpazo de faros, con un rechinar de ruedas, y sólo algún paraguas, casual y heróico, se atreve a cruzar el caudal de coches, convertido casi en un trombo obstaculizador.
Llueve, como llovía cualquier casual veintidós de diciembre cuando, después de fundar la Asociación de Víctimas de Frases Malditas, después de coleccionar lágrimas y Versos de Sabina que Vienen al Pelo, recorrí bajo un paraguas verde esperanza, verde experiencia, verde fragancia, unas calles desconocidas, camino de una piel dónde -hoy sé, no sé si entonces supe, sí, sé que no supe, entonces- dimitieron mis manos de cualquier otra ambición, excepto de la ambición de esa piel misma.
Llueve. Arrecia el temporal, que diría Ahab en pos de Moby Dick. Y el caso es que, casualidades del destino -maldito, perro, cabrón, destino – tengo ese paraguas -incluso es posible que ni siquiera sea el mismo, pero yo le otorgo esa identidad porqué me da la gana -, en el maletero del coche. Es una broma o una metáfora: está plegado con precisión milimétrica, con mecánica exacta, a la espera que algún día de lluvia alguien venga a apretar el mágico botón que haga que despliegue sus alas y los dos nos cobijemos.
A poder ser.