Tus ojos, mis manos, y otros desiertos.

—«Hace más de trescientos poemas que no escribo la palabra horizonte. Por algo serás». 'Será', en "Pintura roja y papel de fumar".

Mercadona Wars

  1. 10:30 h. Me acantono en el pasillo de las conservas. Creo que es una buena elección. Mi flanco sur es el lineal de las carnes y los embutidos, mientras que el norte, aparte de la nevera de los lacteos, es un muro por donde no me podrán atacar. He tenido la precaución de regar los accesos, las fronteras, con dos garrafas de aceite de oliva, convirtiendo cualquier posible incursión enemiga en un asunto resbaladizo, antes de reforzar mis barricadas de carros tumbados con materiales diversos.
  2. 11:00 h. Afortunadamente, durante mi huída hasta esta plaza pude hacerme, en la sección de menaje, con un par de buenos abrelatas.
  3. 12:32 h. Las luces de los fluorescentes a veces crepitan: los cebadores. Las latas de tomate frito de kilo se han revelado como unos excelentes proyectiles. He podido rechazar sin demasiado esfuerzo la aproximación de un escuadrón de cajeras armadas de tetrabriks: derribada la más grandota en la avanzadilla con un certero latazo, las dos de la retaguardia, acaban por retirarse entre quejidos e improperios.
  4. 12:35 h. Llueven hortalizas y frutas por encima del lineal de mi pasillo. Algunas me aciertan sin infringir un daño crítico. Debo esquivar, sin embargo, las de mayor tamaño: melones y sandías que estallan contra el suelo con un sonido sordo y húmedo, expandiendo pulpa y pepitas en un radio considerable. Canto a voz en grito himnos obscenos para que mi estado ileso sea más que evidente, y cause un efecto desmoralizador en el enemigo.
  5. 14:25 h. Calma tensa. Deben haber salido a comer. Silencio y ausencia aparente. Desde mi atalaya del stand de las especias no observo movimiento.
  6. 15:00 h. Oigo ruido de cristales y temo que por fin hayan descubierto que su mejor baza es usar la contundencia de las botellas de vino. Rodar de carros con tintineo de vidrio… Ahí vienen. Es peligroso pero, por suerte, las que me impactan no se rompen, y las que caen al suelo, se rompen sin impactarme. Impactante espectáculo del suelo sembrado de esquirlas y vinazo, que dificultará mi maniobrabilidad en el futuro. La pena es que la falta de previsión hizo que no consiguiese una escoba/mocho/fregona/mopa, para maniobrar en este particular.  La alegría es cazar un ribera de duero al vuelo, y compatibilizarzo con el sacacorchos anexo a mi abrelatas. Ahora cuento con la moral que el alcohol proporciona, el cual combinaré con el valor que la fabada de lata me otorgue.
  7. 16:30 h. Envian un negociador. Deben estar desesperados. Una señora mayor ondea una bolsa blanca ensartada en una barra de medio, y se acerca a paso lentísimo. No me fío, pero respetaré las normas de la tregua. Con voz serena y aguardentosa me ofrece inmunidad hasta el aparcamiento, un salvoconducto para toda la nave, y escolta hasta el exterior, junto con unos cupones de descuento y el veinte por ciento en charcutería. Examino los documentos.
  8. 16:32 h. ¡Era una trampa! Paco, el carnicero me ha abordado por detrás con sigilo de comando de operaciones especiales, y la hoja de su hacha de despiezar de aleación de molibdeno/cromo/vanadio TresClaveles —que tantas veces he visto afilar con precisión milimétrica— se me aprieta al gaznate, ejerciendo una presión un punto por debajo del umbral de desgarro de epidermis, fibras musculares, arterias, etc.
  9. 16:33 h. Rindo la plaza con honor. Me dejo apresar y soporto estóicamente los abucheos de los moradores del resto de pasillos, mientras soy conducido por la guardia prosegur al calabozo.
  10. 17:00 h. Desde mi mazmorra escucho la algarabía, las cítaras, liras y cantos que acompañan el alborozo con el que celebran mi derrota. Empiezo a urdir mi plan de huída y de reconquista.
  11. 18:15 h. La cola se acaba. Por fin puedo depositar mis productos en la cinta transportadora y contemplar como los haces de luces laser leen los códigos de barras de los alimentos que voy colocando.
  12. 18:16 h. Treinta y siete con setenta y cinco.

supermarket

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Esta entrada fue publicada el diciembre 5, 2013 por en vivir de un cuento (relato).
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