Tus ojos, mis manos, y otros desiertos.

—«Hace más de trescientos poemas que no escribo la palabra horizonte. Por algo serás». 'Será', en "Pintura roja y papel de fumar".

Maniobrando (es oficial).

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Empiezo este post en un bar, unas horas después de la presentación en sociedad —por llamarlo de alguna manera— de mi primer poemario, «La maniobra de Heimlich». Puede ser uno de los bares anónimos y sin identificar que aparecen en la obra, o puede concretarse en el que vosotros queráis. Es un bar con ventanas grandes, desde donde se ve la vida pasar. En la calle llueve. Poco, pero llueve. Y también, como os intenté explicar ayer, hay mucha lluvia en esa maniobra.

barFue una cena con libros, no sé si es el mejor formato, pero es igual. Allí estuvimos todos. Y a todos intento recordaros, a los que anoche me acompañasteis ese nacimiento, y que en mayoría habéis sido también testigos de la gestación, hasta de los dolores de parto y de las contracciones.También un brindis para los que no pudieron venir, y a los que espero en futuras ocasiones.

Y no quisiera olvidar a ninguno, aunque es posible que me falle la memoria. Allí estaba el maestro Elías , de quien espero una crónica o una reseña afilada, y con quien, cuanto más hablo, más me parece conocerlo desde hace siglos. Y Enrique, guardando todos sus versos en la recámara y regalándonos todas las sonrisas. A mi lado, el calor de Alfonso, que llegó de Bilbao para traernos un empuje que creíamos haber olvidado. Y mi hermana en letras, Rosario, que sigue cultivando musas en su inagotable jardín. Marta sonreía, ataba cabos para hacer ganchillo con versos y haikus, y cantaba por dentro aunque solo yo alcanzaba a oirla. Y, claro, a mi siniestra, Óscar, con esa capacidad suya de ponernos los pies en el suelo, o los pelos de punta, según si su humor es bueno o es mejor. Algo más lejos,  Eugenio velaba armas y calmaba los nervios apretando la tiza en la mano, abrigado con la sonrisa de Esther. Y Cati con ‘c’ mayúscula y ‘i’ latina, inmortalizándolo con una cámara y con los ojos y su incondicionalidad. Algo más lejos, Herminia, también coleccionista de versos, y Silvia, la mejor lectora del mundo y el sueño de cualquier escritor. Enerio dibujaba sonrisas en la servilleta de Esther, y David y Maite se sumaban a la celebración. También hubo abrazos y risas de Virginia y Mari, trazando planes en los manteles y letras pendientes. A otra mesa llegó Imma, quien conoce de mi vicio con la música desde hace más años de los que vamos a confesar, junto con Anna-Esther, a quien le debo la mitad de los cafés que le prometí, y Miguel, a quien le agradezco la visita. También llegó Piluca a reconfortarme en un abrazo, junto con Victoria, y compartir conmigo el preocupante estado de la cosa de los libros, pero también para alegrarme al saber que su sable sigue afilado en esa selva. Y si mi cabeza no falla, solo resta la esquina donde estaban Mireia, a quien invito a practicar trapecio sin red en cualquier verso, Mercè, que sufre todo lo que escribo con una gran sonrisa, sin yeso, y que así siga, y Andreu, mi hermano que no es mi hermano pero que lo es en las trincheras, en las pancartas y en los caminos y en las risas, y que va a seguir siéndolo… Y creo que ya estmapaá. Y si olvido a alguien, usad las tecnologías para hacérmelo saber. O una colleja.

No. No está… Falta Anamaría, claro, que habló de mi libro desde la emoción, y me emocionó, y con quien es un placer trabajar desde el minuto uno y hasta el infinito. Y falta ella: esa Lídia Sinclair de «El Rey Pescador», Noemí Trujillo. Ella fue quien un día leyó mis versos y me ordenó poeta como quien nombra una nube, un árbol o un acantilado. Y ella fue quien tiró el salvavidas que trajo a éste, como a otros naúfragos, a esta playa. Aún tengo arena en los zapatos, y que me dure. Un día quiero ayudar a Noemí, en lo que pueda o sepa, tanto como ella hizo por mi. Y quiero que quiera dejarse ayudar, porqué sé que cuando se deje, levantará una mano y acudirán legiones.

Y así fue que bebimos, recitamos, nos abrazamos, reímos y alzamos las voces como en una noche de verbena. Luego se nos unió Yolanda, trayendo la diéresis de la ‘o’ en el bolso y un abrazo madurado de meses de crianza. Algunos de nosotros nos despedimos, pero otros caminamos por los suelos mojados como espejos, para beber más, para arreglar la industria de los libros y de las leyendas, y para que Ákaba tenga, además de playa, un puerto con muchas manos, para que Noemí tenga tiempo para las suyas en sus versos y en los lazos del pelo de sus niñas. Más tarde, otros pocos quedamos bebiendo más, casi ya con las palabras gastadas pero con las sonrisas brillantes.

Fui a dormir tarde, con el abrazo de todos en la libreta.
La maniobra tiene sentido.
Gracias.

walking

7 comentarios el “Maniobrando (es oficial).

  1. Anatomía de la Intimidad
    febrero 8, 2014

    Madre mía. ..

  2. Enrique Clarós
    febrero 9, 2014

    Acaso sepas demasiado de casi todo y esa es tu carga, tu triunfo y tu derrota. Pero no estás solo en el camino y lo sabes, y también sabes que el paisaje merece nuestro homenaje.
    Me brillan los ojos…

  3. Esther Cami
    febrero 9, 2014

    Gracias David por regalarlos en una noche de lluvia, el abrigo de tus versos, columpiándose entre abrazos.

  4. Karmen Ronda
    julio 11, 2015

    Apúntame también en la lista de los abrazos…aunque sea en la distancia y en el tiempo.

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Esta entrada fue publicada el febrero 8, 2014 por en La maniobra de Heimlich (poesía).
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