Tus ojos, mis manos, y otros desiertos.

—«Hace más de trescientos poemas que no escribo la palabra horizonte. Por algo serás». 'Será', en "Pintura roja y papel de fumar".

Siempre estás allí.

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Es esa maldita canción. Ya sabes. «La canción». No la canción de tu vida, ni la canción con la que te enamoraste unacronologia-baronrojo-metalmorfosis-02 vez, ni siquiera la canción que suena en tu cabeza cuando estás a punto de morirte. Es la canción. Y mi “esa maldita canción” es un tema de cuando Barón Rojo era Barón Rojo, ni siquiera de su mejor disco, si no del Metalmorfosis, de 1983. Y ni siquiera es un tema excecionalmente original, pues su armonía recuerda escandalosamente al Still lovin’ you de los Scorpions. Una balada, bueh, la típica balada de los heavys de toda la vida. En aquella época parecía que cualquier disco de rock duro —salvando algunas excepciones— debía contener al menos una balada, como para demostrar que los rudos melenas enfundados en cuero escondían un corazoncito debajo de su pecho acerado. Una balada arquetípica, con intro potente seguida de arpegio limpito, voz melíflua, que iba creciendo hasta el estribillo, y que se partía en dos con un solo afilado, en este caso de la guitarra de Carlos o Armando de Castro, que tanto monta. El Sherpa hablaba del final arquetípico de un concierto, de buscar a alguien entre la multitud, de la vida en la carretera, incluso colaba de rondón en un puente, uno de los conceptos míticos del jevismo universal: una escalera al cielo. Y hablaba de habitaciones de jóvenes llenas de pósters que te miraban de la pared.

Yo andaba entonces por mis estúpidos trece o catorce, y bregaba en el conservatorio con los cursos de guitarra clásica, y en el barrio abundaban las chaquetas de cuero claveteadas, las melenas, y las zapatillas Jhaybert de caña alta. Y yo con la raya a un lado y el suéter de pico. El barrio era duro, pero no por los heavys, si no por otras cosas que ahora no toca explicar. Y a lo mejor fue por querer aprenderme aquel arpegio, o porqué los barones fueron uno de mis primeros conciertos, o porqué esos tipos eran lo único que me parecía consecuente en el barrio, que ahorré como pude para comprarme una de las peores guitarras eléctricas que nunca se hayan construído, comprando a la vez, sin saberlo, uno de los disgustos más grandes que mi padre se haya llevado, o tal vez no tan grande, pero eso son otras historias. Y allí que nos metíamos en algún garaje, con suerte, (me volvió a la cabeza esta canción después de que me la mandase José M. con quien llevo en sucesivos garajes los últimos treinta años) a aprendernos de memoria riffs de los Purple, los Zeppelin, Rainbow, o cualquier cosa que nos pareciese, o que alguien nos enseñara en alguna vieja cinta de cassette, grabada cientos de veces. El reino de las dobles pletinas y los distorsionadores MXR. Y allí que escribíamos letras para baladas, para protestas, ripios que no se aguantaban de pie pero que eran lo que tocaba escribir. Recuerdo, no sin cierto sonrojo, algunos del calibre de «Empieza un nuevo curso / y hay nuevos amigos / me encuentro contigo / y te miro…». Nivelazo. Pero ese gusanillo sigue casi intacto treinta años después. Como entonces, sin pelo largo, pero infinitamente más blanco, ahora con alguna buena guitarra colgada en la pared o de guardia en el local de ensayo. Sigue ese gusano mordisqueando bolígrafos y libretas, hoy, cuando mi hijo tiene, más o menos, la edad que tenía yo cuando escuché eso.

Pues eso, el Sherpa, los Campuzano y el Hermes Calabria, siempre están allí

https://www.youtube.com/watch?v=yWQG7ifpbuQ&feature=kp

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Esta entrada fue publicada el febrero 13, 2014 por en los sentidos (los seis, si...).
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