Tus ojos, mis manos, y otros desiertos.

—«Hace más de trescientos poemas que no escribo la palabra horizonte. Por algo serás». 'Será', en "Pintura roja y papel de fumar".

Tinman (under the rainbow)

tin-manLa película de Victor Fleming The Wizard of Oz es un clásico. Reside en eso que se ha dado en llamar el «imaginario popular». Y como todas está llena de curiosidades.  Así, la actriz que hacía de Bruja del Este, estuvo algunas semanas con la cara verde, a causa del maquillaje defectuoso. Por su parte, los enanos que interpretaban a los Munchkin cobraban unos 50 dólares por semana, mientras que el dueño de Toto, el perrito, se embolsaba 125 cada siete días…

Pero de todas las historias paralelas a la película me quedo con la del joven Buddy Ebsen, actor, cantante y bailarín —había sido incluso modelo de baile para animaciones del Mickey de Disney—, que dejó un buen par de contratos en Broadway para interpretar al hombre de hojalata en la cinta. Llegó, de hecho, a grabar todas las canciones y a iniciar el rodaje. Poco después empezó a notar calambres y disnea, siendo necesario finalmente hospitalizarle. Se determinó que la causa era una alergia al polvo de aluminio usado en el maquillaje. Como resultado de todo ello, hubo de abandonar el rodaje de la película, el cual fue suspendido hasta que fue sustituido por el bueno de Jack Halley, quien cantaba bastante peor. Llegó, nuestro Buddy, a recuperarse, y después de la guerra, hasta tuvo un papelito en «Desayuno con diamantes», más cintas y alguna serie de éxito. Murío en 2003, de una neumonía, dejando una cuarentena de películas y una estrellita en el Paseo de la Fama, y siendo el último del reparto en fallecer.

De hecho es más que probable que ni siquiera fuera él quien actuaba en el número de If I only had a heart, que no interpretase ese baile dislocado, y que ni tan sólo sea su voz la que clame pidiendo un corazón (andan por ahí algunos dvd’s de esos con extras que sí contienen los cortes que Buddy grabó). Pero da igual. El Hombre de Hojalata, de entre mi extensa colección de monstruos, siempre fue uno de mis preferidos: un engendro animado por vete tú a saber qué magia, pero hueco, exento de corazón. Incluso mientras baila, se golpea el pecho con su articulada mano de acero, produciendo un sonido metálico y sordo, demostrando la ausencia de tal órgano. Es grande, fuerte, expele humo por la chimenea de su embudo, empuña una enorme hacha, y tan solo necesita de un poco de aceite en las articulaciones para echarse a andar. ¿Qué más necesitas? ¿Qué otra cosa es necesaria para recorrer el camino de baldosas amarillas, aparte de tu propio movimiento? ¿A qué viene esa necesidad perentoria de sentir? Vamos, Tinman, estás bien como estás, te lo aseguro. De la misma manera que los Munchkin van a cobrar siempre menos de la mitad de semanada que cualquier perro gracioso, ni Judy Garland ni Dorothy se van a fijar nunca en un Tinman, con o sin corazón, ni en Oz ni en Kansas. De hecho, Buddy llegó a casarse tres veces, pero estoy absolutamente seguro de que ese hombre de hojalata, como cualquiera, deseó, a lo largo de su vida, estar tan hueco por dentro como mi Tinman. Así que, la próxima vez que un tornado arrastre nuestra casa, o nuestra vida a ese país de fantasía y color que generan las endorfinas del corazón y los sentimientos, tal vez nos salga más a cuenta correr en dirección opuesta a Oz, a ver si encontramos a la bruja del este, y le ofrecemos nuestra ayuda para desmaquillarse (under the rainbow).

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Esta entrada fue publicada el enero 9, 2014 por en vivir de un cuento (relato).
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